Nos arrastramos por la vida buscando un amante.

Un amante secreto que nos libere de una carga que es demasiado pesada para ser sostenida en mi día a día.

Y es fácil, los amantes se acumulan en nuestra existencia, incluso se presentan a cada instante provocando a probarles, a sentirles.

Esa relación con los amantes me da vida, wowww, una vida que siento no estoy viviendo.

Así que el amante es tomado totalmente por mi, hasta que la matrix se presente y yo tome la pastilla azul de la verdad.

Bueno, también tiene eso de la pastilla azul en los amantes, esa que prolonga el efecto de la ilusión, vaya, pero esa es otra película, dejemos el tema en paz.

Mi mirada directa a los amantes me abre una puerta que no existía.

Esa mirada es tan honesta que desbarata una profunda “verdad” que era sustenida aquí, ante la idea de lo que eran los amantes era para mi.

¿como es posible vivir sin un amante? Que absurdo poner todo esto en causa, ¿de donde parte entonces esta mirada?

El amante nos lleva a un espacio que no teníamos, a una cama que no había sido experimentada, a unas nuevas sensaciones, a un nuevo conocimiento, a una nueva entrega.

Cuando el amante surge es reconocido, activa ese espacio ocupado por una duda, por un vacío ávido de ser llenado urgentemente.

Y me lanzo en la conquista del amante. Es mi lifeguard (salvavidas) en la playa de la vida que vivo. Me salva del ahogamiento, del aburrimiento, de la rutina, del miedo a perder lo que tengo y no tengo.

Los amantes se presentan en forma de coches, de viajes, de trabajos, de hobbies, de comida, de amigos, de redes sociales, de familia, de hijos, de fútbol, de, de, de …

Incluso en la forma humana, vaya, que se me iba olvidar esta forma tan amante.

Y voy llenando mi imaginario con tantos amantes cuantos aquellos que considero adecuados a ser vividos y experimentados en mi existencia.

Cuantos más mejor, más distraído, más ausente, más deshonesto conmigo y con la vida que tan sutilmente aparece en mi.

Me vive la vida, y eso es lo que duele un montón.

Porque yo creía que tenia que vivir los amantes, y viene ahora un imbécil absurdo decirme que la vida me vive en toda la totalidad.

Me vive en cada paso que doy, en cada gesto desconfiado, en cada sonrisa, en cada atropellamiento, en cada temblor, en cada huracán, en cada alegría, en cada nacimiento de un hermoso ser.

Si, me he dado cuenta, amo los amantes.

Me encanta tener una amante, esa amante que nunca habla, que no tiene forma, que no tiene juicio, que no me juzga, que tiene todos y ningún defecto, que nunca está y siempre está.

Esa amante que le miro a los ojos, sin ojos y reconozco que ya estaba siendo amando antes que la misma palabra amante, existiera.