Simplesmente observando el movimiento de los niños sueltos en la playa, puedo compreender que no hay mecanismos, no hay limitaciones, no hay cualquier sensación que algo tienen que hacer.

Es tremendamente libre.

Por algo debe ser que la mayoría de los adultos que han tenido alguna vez la oportunidad de estar en una playa cuando niños, la recuerdan en general con anelo y una expresión nostálgica en su sonrisa.

Hay un contacto directo con la naturaleza intrínseca de nuestra esencia.

Aunque hay en algunos adultos, que acompañan eses niños, un sentido de protección, de autoridad, muy expreso en las “ordenes”, en las recomendaciones muchas veces cargadas de miedo y de frustración.

Una frustración que apenas surge de lo verdadero reconocimiento del rechazo a su verdadera naturaleza inocente, que les permite expresar desde esa inocencia la pura verdad de su existencia.

Y todo eso lo confundimos con disciplina, con autoridad, con reglas, con limites. Y esto curiosamente nos lleva a una paradoja y a un sesgado punto de vista de la misma vida.

A un control obsesionado con la vida, como tratando de crear algo nuevo, como una necesidad, un deseo incontrolado de control.

Los educadores profesionales han estudiado años y años como educar a los niños, tienen la experiencia de observar sus comportamientos, sus reacciones, las diferentes personalidades, incluso con base a tantos estudios que ahora nos brinda la ciencia, hay un gran conocimiento de como hacer lo mejor en la educación de un niño.

¿Pero que pasa cuando ese intento tan genuino y amoroso, no parte de la verdad absoluta pero desde una frustración, de un miedo, de un control y de la autoridad?

¿Que sucede a los niños en este panorama?

¿Cómo reaccionan, como se limitan, como aprenden a no ser honestos?

Hay algo para ver en este movimiento perfecto en que eses niños nos enseñan y ayudan a poder “entrar” en nuestros miedos de sentir la verdadera y absoluta esencia de la inocencia que está totalmente viva en nosotros.