Sentado en frente al océano, junto en frente, sin cualquier separación, hay una total comunión.

El sol, el viento tocan sutilmente mi piel, haciéndome dudar de mi tendencia a verlos como entidades separadas de mi, de mi cuerpo. Incluso dudo de lo que este “mi” cuerpo quiere decir.

Aunque el océano no me toca físicamente, me abraza en este momento único de total intimidad.

El ruido provocado por las olas se junta, o mejor, ya está aquí. Para que se junte tendría que haber aquí cualquier esfuerzo para lograrlo y no siento que sea así.

No hay nada más que una fuerte sensación de existir en todo esto, en este momento.

Un perro surge en este panorama, pasa a mi lado sin cualquier interese en mi vivencia, sigue en su misma experiencia del momento.

No hay apego aquí en ninguna de las formas, porque el sol, el viento, el océano, el ruido, el perro, no se interesan por mi. No hay en ellos un interese en algo que yo tenga. Aunque el perro ahora paso y me ha tocado, miro, pero no se ha detenido.

Simplemente aquí no hay nada para ofrecer, estoy incluido como parte del todo, y ese todo no tiene que reconocerme.

Es como si mi mano hiciera la pregunta: “quien es mi brazo”, y la mano dude que ambos hacen parte del mismo cuerpo.

En este espacio en frente al inmenso océano se disipan todas las dudas sobre quien no soy. Se desintegran como un castillo de arena construido en la playa alcanzado por la ola de la verdad.

Ahora me resta descansar aquí en lo que surge, en la cual ya estoy también incluido, sin más preguntas de que hago aquí.

Todo se abre a ser investigado a la luz de una tremenda ignorancia de saber quien soy.

En esta profunda locura se disipa el loco y se caen las creencias, hábitos y expectativas.

El océano es tremendo, abraza tus miedos, te abraza de tal forma que dejas de existir.

“Mierda” … entiendo ahora el proceso de lo que llamamos la muerte, en que todo se colapsa, ¡ya está!