Observando el surfista surcando las olas, veo un despliegue libre e intenso en la forma que la ola adopta en cada instante.

Hay una idea que en todo ese movimiento hay ahí una tremenda libertad.

Podemos abrirnos a sentir que dentro de lo que pensamos, en ese movimiento, en las olas, pueden existir muchas más posibilidades.

Posibilidades que no están contempladas en nuestro sistema de creencias, en lo que hemos aprendido como la verdad absoluta.

Incluso existe la posibilidad que el surfista este apegado a una maniobra especifica, a un concepto totalmente definido antes de entrar en el agua.

Se mueve con un conocimiento anteriormente asimilado. Una profunda y enraizada idea de lo que puede ser perfecto en ese lugar. Hay algo o alguien que quiere llegar a un resultado programado.

Parece que hay un apego, un espacio que no podemos soltar, un deseo, algo que vamos llamarle apego psicológico, como podría llamarle otra cosa cualquiera.

Es tan tremendamente sutil que surge invariablemente en muchos momentos de nuestra vida.

Movimientos inconscientes que nos llevan a mantener a salvo del miedo a la soledad, miedo a no ser reconocidos, miedo a liberar lo que nos crea “seguridad”.

El surfista que hay en todos nosotros que surca las olas de la vida, no se permite deslizar naturalmente por el océano que siempre es la pura verdad.

Ese apego psicológico nos lleva a forzar una maniobra, la conocida, la que más puede ser aplaudida desde la playa.

En la intimidad surge un dolor de una mente universal que nos quiere acercar a la verdad y se encuentra de frente con esta incongruencia.

El sufrimiento se muestra porque el dolor es intenso, porque no comprendemos lo que hay aquí.

El apego es abrazado en este momento por una enorme ola que me lleva al fondo de la total comprensión de esta vida.

Y todo me abraza, el océano, los infinitos rayos de sol y la arena milenaria.

Mejor testigo no hay para reconocer que a todo pertenezco y todo me pertenece.