Date cuenta de la ternura y del reconocimiento que es mirar las olas desde la orilla del mar.

Las ves nacer al fondo y algunas llegan a la playa.

En ninguna ocasión nace o muere ninguna.

Pero nosotros las vemos crearse, nacer, rebentar, morir. Hay algo en nosotros que cree en ello. En ningún momento nos ponemos a investigar que hay realmente aqui.

Al observar este movimiento tan poético me doy cuenta que no hay objetivos o planes en las olas. Todas son diferentes en el nacimiento y la muerte.

Más ala de todo esto, todas fluyen de tal forma que no vislumbro más que una pura expresión de libertad y de Amor.

Es la esencial expresión de vida.

Para mi apenas me muestra como no siempre soy una ola en la vida y por ser ahora totalmente consciente de ello, ya valido la pena este acercamiento al oceano.

Como si algo valiera o no la pena. Como se algo la vida lo hiciera equivocadamente. En esa sensación, hay un tremendo dolor de la separación que esto provoca con la vida misma.

La ola llega, vive y se va, pero no hay un irse, hay una integración desde el momento que surgió al que se desintegra.

Al observar mi vida también es asi.

Aunque mis ideas y creencias de como ella tiene o debería ser, me ciegan de ver lo que es, de compreender la verdadera esencia de su naturaleza libre.

Mi fanatismo en creer en una realidad, me hace perder todas las otras posibilidades que no son vistas.

Sufrimos tanto para mantener nuestras historias, en un acto no natural, tan absurdo, que sufrimos.

Dentro de todo esto, es apenas Amor, lo que nos es enseñado en cada ida y venida de las olas de la vida.

Y lo curioso es que parece que todos tenemos mucho temor a entrar en el oceano, porque no creemos en la vida. Es demasiado sencillo para nuestro sistema de pensamiento.

Mientras nuestro miedo aflora, las aves retan a los humanos en sus vuelos libres, justo por encima de nuestras cabezas. Lo admiramos aunque seguimos sin entender el mensaje de la vida.

Hay Amor en cada ola que llega a tu vida.